Me lastimaron en Nueva Jersey

En medio de una gran multitud de personas —de todas las razas, géneros, nacionalidades, edades, pesos, preferencias sexuales, posturas políticas, religiones, condiciones físicas o mentales, adicciones, virtudes y defectos; entre criminales y santos, prostitutas y devotos, sabios e ingenuos, de todas las estaturas y clases sociales— hay un hombre bailando.
Lleva solo unos pantalones cortos, el torso desnudo, el cabello negro, los ojos de un negro tan profundo que parece absorber la luz. Sus movimientos están perfectamente alineados con la música; verlo es casi como presenciar a la existencia misma danzando al ritmo de su propio latido.

Estoy al otro lado de la multitud, observándolo. Él mantiene la mirada fija en mí mientras sigue bailando. Me quedo quieta, fascinada, como si su presencia suspendiera el tiempo. De pronto, mi atención se posa en su brazo izquierdo, firme y tonificado. En ese instante me veo frente al rostro del hombre al que hoy juro amar. La intensidad de sus ojos me inquieta: quisiera gritarle y preguntarle qué está pasando por su mente, por qué su ser parece sumergido en las profundidades de lo externo, ajeno a sus propias cavidades humanas.

Desvío mi atención de su brazo izquierdo hacia el derecho. Y entonces me veo a mí misma corriendo por una ciudad desconocida, ordenando pensamientos, encontrando respuestas, revisando los caminos del pasado y sus consecuencias. Estoy entendiendo, aterrizando, sudando hasta que me duele el cuerpo, decidiendo con claridad lo que quiero experimentar en esta vida. Purifico mi alma en la torpeza del ensayo y error, hasta alcanzar una identidad que contenga y comprenda mi propia energía.

El hombre en la multitud sigue bailando, y mi mirada se posa ahora en su pecho.
Entro en la contemplación de mi cuerpo dormido junto al suyo. Lo observo a mi lado, respirando, vivo, pero ausente. Su cuerpo permanece, pero él no está ahí; ni siquiera en sus sueños. Es como si algo más habitara en él, y no puedo reconocer al hombre con quien comparto la cama.
En mis sueños, la energía de otra presencia invade la mía; puedo sentir su forma, su densidad, y la necesidad de mi cuerpo de expulsarla. Esto no me pertenece.

Entonces veo una figura desnuda frente a mí: es una mujer. Su rostro carece de expresión, y por momentos parece intentar imitar los gestos humanos para parecer viva. La abrazo una y otra vez en mis sueños, y en ese acto reconozco mi compasión. Comprendo que nada de lo que percibo en el campo energético de ese hombre blanco me pertenece, pero permanezco aquí, intentando entender el propósito de todo.
Por breves milésimas de segundo alcanzo a ver su alma, y sé que no está del todo presente. No puedo devolver la vida ni la inocencia al cuerpo de otro ser humano, aunque él parezca querer regresar a sí mismo.

Ver a este ser humano perturbado y corrompido me asfixia.
Jamás había estado cerca de una energía tan densa, tan contradictoria con todo lo que reconozco como verdadero y bueno en esta vida. Sigo observando mi silueta humana tendida en la cama; la veo despertar cada mañana, llena de preguntas, deseando —con gritos, con llanto, con silencios— que el alma regrese al cuerpo de ese hombre.
La veo queriendo huir.

Me pregunto: ¿cuál es la causa?
¿Por qué un hombre que dice querer vivir en Dios se obsesionó con todo aquello que destruye esa posibilidad?

Camino en círculos —por el baño, el pasillo, la habitación, la sala, la cocina, el sótano, lo verde afuera, lo gris de la construcción donde habita su cuerpo—.
Tuvimos sexo múltiples veces al día, y yo lo miraba a los ojos queriendo entregarle mi energía, hasta olvidarme por completo de mí.

Yo solo quería verlo de frente, mirarlo a los ojos y traer su alma de regreso a su cuerpo.
Él me decía con palabras que le diera tiempo, que estaba sanando, que estaba regresando.
Pero ¿qué clase de compromiso es ese del que hablas cuando dices “te amo”?

Todo se transforma en un espejo.
Veo al otro vulnerable, en versiones que me obligan a preguntarme qué fue lo que me hizo conectar con él.
Me dediqué a construir una identidad en la Tierra: la de una mujer limpia, conectada con Dios, libre en pensamiento.
Puse a la niña que fui en el centro de mi corazón y conservé su inocencia intacta.
Mientras mi cuerpo crecía y se desarrollaba, aprendí a presentarme desde la pureza del alma y la imperfección del aprendizaje ante cualquier otro ser humano.
Creí que todos merecían este vistazo de amor: esta entrega compasiva que sostiene un espacio donde le digo al otro —a través de mis palabras y mis actos— que lo estoy viendo de verdad.

¿Pero cuál es el hombre que realmente merece a una mujer como la que soy y en la que me estoy convirtiendo?
¿Cómo alguien puede decir que busca pureza y amor verdadero, mientras besa y entrega su cuerpo a todo lo que contradice eso que dice anhelar?

Salgo del pecho del hombre que baila en medio de la multitud y llevo mi atención hacia su cuello.
Puedo ver mi silueta humana abierta en la cama, ofrecida a la satisfacción masculina.
¿En qué momento mi cuerpo estuvo así —tan expuesto, tan vulnerable— ante alguien que hacía comentarios sobre el vello de mis piernas, de mi sexo, de mi nariz?
¿En qué clase de hombre te estás convirtiendo?

Te sedujo la idea externa de lo que el mundo llama feminidad: las reglas inventadas para complacer al deseo masculino.
¿Nunca te preguntaste que la feminidad era única y sagrada para cada mujer?
¿O creíste que esos cuerpos saturados de drogas, alcohol y artificio —que simulan limpieza por fuera— representan tu ideal de lo femenino?

¿Desde qué mirada empezaste a ver a la mujer?
¿Desde ese cuerpo tuyo anestesiado?
¿Eso te hizo creer que podrías llevar a una mujer al altar?
¿Pensaste jurar amor eterno a la autodestrucción?
¿Ese es el amor que conoces?
Yo jamás quiero conocer eso que tú has llamado amor.

Salgo de su garganta y entro en su boca.
Veo mi figura frente a la tuya mientras te sostienes al borde de la cama, llorando.
Dices que no estás listo para amarme, que estás sanando, que deseas para mí un hombre puro; incluso deseas para mí una versión tuya del pasado, aquella “buena” que le diste a otra.
Dices que no estás bien mentalmente.
Y yo, vacía de sabor en el alma, te escucho preguntándome en silencio:
¿Qué estás haciendo con tu vida?
¿Quiénes son tus amigos?
¿Qué realidades habitas?
¿Por qué hay frascos naranjas de medicinas junto a tu cama, y por qué las tomas apenas despiertas?
¿No tuviste padres que te amaran?
¿Te faltó alimento, o te faltó gravedad en el mundo?
¿De dónde vienen todas esas decisiones autodestructivas?
¿Por qué le dices al amor que no estás listo?

¿En qué ser humano te estás convirtiendo?

Entonces salgo de la boca del hombre danzante y me sumerjo en las profundidades de tus ojos.
Ahí me veo: corriendo al aeropuerto en la madrugada, volando hacia Denver con la mente contaminada, con un dolor de cabeza insoportable y una energía pesada que no me pertenece.
Duermo, pero mi cuerpo se sacude; despierto entre sueños con la sensación de que mi alma quiere escapar de mí.
Mi cerebro no responde, mis palabras se quiebran.
Escucho voces que me preguntan si estoy dispuesta a perder mi alma por amar a quien ha perdido la suya.
Vomito esa energía que no es mía.
La devuelvo.
Te la devuelvo.
Y en ese acto, vuelvo a mí.
Siento nuevamente mi corazón, mi respiración.
Todo en mí vuelve a tener vida.

Salgo de los ojos del hombre que sigue bailando y pongo mi energía en su pierna izquierda.
Me veo conversando acerca del amor en una cafetería en la ciudad de Denver, explicando desde dónde estoy diciendo “te amo”.
Cuando me personifico en forma humana, no encuentro razón, ni explicación, ni motivo para pensar que alguien que está viviendo de esa manera merezca mi amor.
Pero luego observo desde mi conciencia y reconozco mi intención de amarte como un acto verdadero de amor, para traerte de regreso; y nunca fue para mí —porque nunca te he tenido—, sino más bien como un acto de amor para traerte de regreso hacia ti mismo, sin condiciones, sin pedir nada a cambio, por puro acto humano inspirado en el amor.

Quito mi atención de la pierna izquierda del hombre danzante y concentro mi energía en su cerebro.
Desde ahí observo mis propias carencias, mis aprendizajes de la vida hasta ahora, la información de sanación que debo seguir poniendo en práctica, mis metas, mis deseos del alma sobre lo que quiero experimentar, mi energía, mi ser, mi belleza, mi conocimiento hasta ahora, mi despertar, mi paso por este mundo en mi silueta humana temporal, mi amor, mi devoción por lo que es verdaderamente importante para mí, mi compromiso de convertirme en eso que quiero experimentar, mis miedos, lo que sigo sanando, lo que quiero aprender, lo que quiero poner en práctica, en lo que quiero convertirme y el amor que quiero experimentar también de la figura masculina.

Salgo del cerebro del hombre danzante y mi atención se va hacia su ombligo.
Desde ahí me observo en un café, escribiendo esto: en mi energía, en mi juventud, en mi auténtico ser, en la diferencia y el orgullo que se siente al ser yo misma, en las infinitas posibilidades, en la familia que quiero formar algún día, en todas las experiencias hermosas que me esperan, en mis proyectos, en la realización de estos, en las personas que verdaderamente me aman, en toda la belleza que merezco del universo entero.
Me hago la promesa de no volver a desviarme de mi propio camino de vida tratando de enredarme en los caminos de los demás y sus elecciones.
Pero también sé que estoy abierta a Dios y a todas las enseñanzas que Él sienta que mi alma necesita para su purificación.

Salgo del ombligo del hombre danzante y mi energía regresa hacia mí mientras observo a toda la multitud desvanecerse.
El hombre sigue bailando, ahora de una manera más fuerte y sincronizada; su mirada continúa penetrante y sin pestañear hacia mí.
De repente, traspasa mi cuerpo de forma frontal y regresa en sentido inverso: se mueve ahora por la silueta de mis curvas, baja por mis piernas, se desplaza de lado a lado por mi pecho, sale por mi cabeza y se desvanece.

La primera vez que vi tu cara sentí el poder de tu mirada mover algo en mi existencia más allá de mi forma humana.
Te vi y sentí tu mirada.
Yo estaba físicamente ahí, pero mi existencia estaba en movimiento, atravesando las consecuencias de mis decisiones y la incertidumbre de no saber qué hay del otro lado.
Y ahí estabas tú, bailando, celebrando la felicidad de una de mis primeras amigas de la infancia.
Ahí estaba yo, en Nueva Jersey por primera vez; entre Florida, organizando verbalmente mi separación legal con quien compartí cinco años de mi vida, y haciendo un intermedio en el tiempo para ver a mi mamá y a mi hermana, a quienes no veía desde 2019.
Corría agosto de 2022, la fecha en la que te vi por primera vez.
No pensé en ti, pero quedó en mí marcada esa sensación al verte.
Seguí con la construcción de mi vida y la experiencia de ella; después de regresar a México para organizar y entregar mi departamento y mudarme a Denver, regresé en dos ocasiones: agosto de 2023 y agosto de 2024.

Tu familia ahora está relacionada con la mía por cuestiones que no fueron inicialmente nuestras.
Experimenté la belleza de las fiestas de final de verano en casa de tu madre; sentía, en mi viaje de dos días, respirar esos agostos en Nueva Jersey.
Te volví a ver, pero esta vez estabas con una mujer.
Mi primera impresión fue: ¿cómo alguien con un espíritu tan fuerte puede estar con una mujer que claramente no muestra honestidad en su ser?
Se lo preguntaba mi alma cuando te vi con ella en esas dos ocasiones.
La vi a ella y pude ver a una mujer con una energía muy pesada, con una mirada perdida, con la cara y las manos temblando; tú parecías como si estuvieras cuidando de una enferma: pendiente, calmado.
Pensé, aquel agosto de 2023, en la nobleza que transmitías.
Me pregunto: ¿qué fue lo que te hizo conectar con alguien como ella?
Al final, nadie es culpable de nuestras decisiones o reacciones; nosotros elegimos los lugares y las personas donde quedarnos.
Me da miedo pensar en la posibilidad de que un enamoramiento también pueda surgir de la oscuridad; que, inconscientemente, podamos conectar con el otro no por la luz, sino por la oscuridad que no está trabajada ni entendida en nuestro camino de vida.
Leí que esto se refiere a las relaciones kármicas: personas que nos muestran todo lo negativo de nosotros mismos que tenemos que sanar y transmutar, y como también hay relaciones que nos muestran lo hermoso y nos ayudan a crecer y a evolucionar.
Estábamos en un intercambio constante de energía, y solo en el autoconocimiento de uno mismo está la clave para saber qué nos hace bien y qué nos hace mal, y elegir desde ahí.

En agosto de 2024 volví a verte.
Recuerdo estar emocionada por ver a mis abuelos venir desde Honduras a la fiesta de verano de tu madre, y la belleza de que mi familia —la familia de la esposa de tu hermano— pudiera convivir por primera vez y llenarse de amor y buenas intenciones, aun con la barrera del idioma y de una cultura totalmente diferente.
¿No es hermoso lo que hace el amor?

Te vi de nuevo y pude notar que la nobleza de tus ojos ya no estaba.
Sentí que la energía que me atraía de ti ya no existía; apenas se percibía, como manotadas de un hombre ahogado intentando salir a flote.
Te vi sentado en las escaleras; fui a saludarte, agachaste la cabeza y solo dijiste unas pocas palabras.
Quise abrazarte y llenarte de un amor profundo —porque eso fue lo que me hiciste sentir—, pero me contuve: sabía que debía respetar que en ese momento estabas con alguien más.

Mi atracción hacia ti nunca ha sido física ni material.
Comenzó con ese primer vistazo, con ese amor que sentí querer darte para que pudieras experimentarlo.

En marzo de 2025 volvimos a coincidir.
Aún respirabas vida, pero lejos de lucir fuerte como aquel hombre de agosto de 2022.
Aquella noche de marzo tuvimos la oportunidad de hablar por primera vez; desde entonces tomé tu mano.
En agosto de 2025 te estaba besando toda la cara, eligiendo el amor en días de incertidumbre —no solo en tu vida, sino también en la mía.
¿Cómo podría pensar solo en mí en esos tiempos, cuando ya te estaba amando y no se trataba únicamente de mí?

Te observé, y lo hice profundamente:
al hombre que tuvo adicciones a las drogas en su adolescencia;
al hombre que intentó quitarse la vida;
al hombre que se sintió utilizado y decepcionado por su padre;
al hombre que fue engañado por la mujer que creyó era la indicada;
al niño con la sonrisa pícara, su pasión por los carros y las motocicletas;
al hombre que vi en la boda, fuerte, resiliente, seguro de sí mismo y con una sonrisa de niño.

Y ahora veía al hombre frente a mí con pastillas para la depresión, dejando de fumar marihuana como acto de compromiso ante mi petición, probando mis nuevos experimentos de recetas en mi aprendizaje de cocina, tratando de elegir una nueva compañía para enfocarse en su carrera profesional, lejos del negocio familiar.
Vi a un hombre completamente en el suelo, pero con la energía y la fe en Dios necesarias para querer reconstruirse y jamás volver a perderse a sí mismo.

Te observé en silencios, durante días enteros; te observé sin absolutamente nada que ofrecerme, completamente vacío, y decidí estar ahí contigo.
Decidí ver mi capacidad de amar, mi capacidad de creer, mi capacidad de verte más allá de este mundo material.
Me quedé para verte cuando sabía que yo no merecía estar cerca de absolutamente nada de eso, porque mis decisiones en la vida habían sido completamente diferentes a las tuyas.

Yo elijo enfrentar mi vida de forma real y honesta: sin prescripciones médicas, sin marihuana, sin drogas, sin escapes, sin adicciones.
No tuve la oportunidad en esta vida de crecer en una familia con un núcleo; crecí en un país del tercer mundo, luché por pensar más allá de la pobreza y de las limitaciones.
Elegí buscar educación, buscar mi propio entendimiento de la vida; salí a aprender observando nuevas culturas, aprendiendo nuevos idiomas, poniendo la cara, la sangre y el corazón, sin ningún tipo de escudo o capa, con pura fe en Dios y en mi intuición.

Así sigo en mi proceso de evolución de la conciencia, de la humanidad y del crecimiento personal y profesional.
Sé que no merecía, ni por un segundo, estar cerca de alguien que permitió que otra persona lo rompiera.
No merecía quedarme cerca de alguien que no creó escenarios para verme, para llevarme flores, para conquistarme, para estar ahí para mí, para demostrar que merecía mi confianza y mi amor.
Moví todo eso a un lado y elegí estar contigo por el amor que sentía: un acto meramente de expresión, de mi capacidad y entendimiento del amor.
Sé que fuiste honesto; nadie me engañó, nadie me hizo falsas promesas.
Yo sabía —y siempre supe— desde dónde tomaba mis decisiones, y no me arrepiento.
El amor siempre nos da la oportunidad de evolucionar, reinventarnos, crecer y ser mejores.

Mostraste destellos del hombre que vi en la boda —no de forma constante ni continua—, pero esos destellos de tu luz me hicieron sonreír y rezar por ti, por tu vida, para que regresaras a tu camino.
No por mí. Por ti.

La verdad es que nunca podremos sostener ni construir un amor verdadero y sano si no estamos bien con nosotros mismos.
Y antes de llegar ahí, sin importar la edad que tengamos, cuando pedimos a Dios conocimiento, Él proveerá cualquier tipo de escenario para que podamos adquirirlo: no de la forma que queremos, sino de la forma que necesitamos.
Esa es la verdadera metamorfosis.

Preguntaste una noche, antes de uno de mis vuelos, por qué había tantas llamadas perdidas de mi exnovio en la pantalla de mi teléfono.
Antes te conté que había terminado esa relación en febrero de 2023, porque decidí experimentar en mi vida la soledad en un nuevo país, en una nueva ciudad, sin familia ni amigos.
Me puse, siendo joven, en ese escenario porque sentí el llamado de mi alma a crear un silencio interno y externo donde solo mi voz se escuchara, para poder saber quién soy realmente y con quién elijo relacionarme —romántica, amistosa, laboral y espiritualmente—.

Fue hasta casi los 26 años que pude sentirme, por primera vez, completa, sin la validación de nadie: sola, sintiendo la frecuencia con la que me comunico con el mundo externo.
Fue un momento de plenitud y de gracia, como si los cielos entre Dios y yo no tuvieran distancia.
Reconocí mi error al no cortar la comunicación a distancia con encuentros y viajes de mi exnovio desde otros países para verme.
Acepté eso con amor y sin compromisos, siendo honesta con él sobre cómo me sentía en esos momentos.

En ese momento de silencios, mientras trataba de resolver en mi cabeza cómo enfrentar la idea de mudarme a un nuevo estado —después de terminar un contrato de trabajo y un contrato de renta sin tener siquiera tu apoyo emocional, porque apenas estabas intentando estar ahí para ti mismo—, acepté una de esas llamadas del pasado para hablar de mis preocupaciones financieras y de mi soledad.

Aunque mantuve esa conversación privada y jamás hablé de nada que faltara al respeto a ti o a nuestra relación, sentí que habías abandonado por completo algo que apenas había comenzado, una relación que de mi parte nació con ilusión y con amor.
Esa madrugada, en la que no creíste lo que te decía, me hiciste llamar a ese hombre de mi pasado y comprobaste que, de ninguna manera, te había faltado al respeto.
Aun así, te atreviste a decirme que no sabías si podías confiar en mí, después de todo el esfuerzo físico y mental que estaba haciendo para poder estar contigo, cuando nadie más lo estaba: en esa intimidad, en esa vulnerabilidad, en ese amor con el que yo sí lo estaba haciendo.

Mis intenciones eran claras: en ese momento de mi vida estaba buscando y deseando unir mi vida con la de un hombre.

Aunque me pediste paciencia y entendimiento, te atreviste a decirme que no sabías “sobre los dos”, que no sabías sobre mí.
Por un momento, al escuchar eso, quise salir corriendo y no desperdiciar un segundo más de mi vida cerca de la tuya, pero respiré, me tranquilicé y otra vez elegí mi amor por ti.
Me pregunté: ¿antes de ser verdugo, estabas eligiendo tratarme como te trataron a ti?

Eso es lo que ocurre cuando dos personas sostienen vínculos tóxicos durante mucho tiempo: se disocian de sí mismas y de la realidad.
Y si no sanan, aunque se separen, buscan recrear ese caos con nuevas personas.
Buscan lastimar porque se pierden en sus heridas, en sus adicciones, al punto de que su alma abandona el cuerpo en vida.
Permanecen en una existencia humana que parece tener vida porque sus órganos siguen funcionando, pero el alma ya no está allí.
Entonces comienzan a alimentarse de otras personas hasta dejarlas como ellos: vacías, confundidas.
Porque nada —ni lo material ni el amor— será nunca suficiente.

Tuve que detenerme, volver a mí misma y arrancar ese primer vistazo que tuve de ti aquel primer agosto en Estados Unidos.
Quitar cualquier expectativa.
Verte de verdad.
Observar la forma en que transitabas tu vida.
Y entonces me di cuenta de mi libertad, de mi amor hacia mí misma, de la imperfección de mi humanidad, de la pureza de mi alma, de dónde he estado, de dónde estoy ahora y de hacia dónde quiero ir en el futuro.
Te solté.

Cualquier cosa y decisión que hayas tomado en tu pasado, y cualquier cosa que hagas con tu vida, no es asunto mío.
No tiene que ver conmigo.
Las personas con las que has tenido relaciones en el pasado no tienen nada que ver conmigo.
Lo que es hermoso y atractivo para ti no tiene que ver conmigo.
Cómo ves la vida no tiene que ver conmigo.
La forma en que tomas decisiones no tiene que ver conmigo.

Lo que sí tiene que ver conmigo es si posees el suficiente conocimiento para sostener, de forma sana, una relación de amor; si lo que dices ser es congruente con tus acciones ahora mismo; si realmente has dejado ir y aprendido del pasado; si no estás almacenando fotografías que representen libertinaje; si tus decisiones están orientadas a nutrir tu mente, tu espíritu, tu cuerpo y tu relación con el Dios del que hablas.
Eso es lo que tiene que ver conmigo: la realidad entre lo que dices ser y lo que realmente haces, ahora mismo.

En la responsabilidad de no culparte a ti ni a nadie más por mis decisiones, acciones o comportamientos, le he preguntado a Dios:
¿Qué fue lo que me hizo conectar y querer estar contigo?
El amor es una de mis respuestas hasta ahora.
Pero en ese amor veo, principalmente, el amor hacia mí misma primero y mi propia felicidad.

Seguiré hablando con verdad en este mundo.
Seguiré aprendiendo, seguiré evolucionando, seguiré creciendo.
Y si no eres esa realidad que, al igual que yo, se despierta con besos en la mañana, que elige ver al otro como un ser humano imperfecto haciendo lo mejor que puede con lo que tiene; si no eres real, congruente y honesto; si no eres ese hombre que verdaderamente se unirá conmigo en una relación verdadera y expansiva, entonces tomaré esta experiencia como un acto de amor de mí hacia mí misma, y podré soltarte físicamente.
Aun sigo aquí.

Juramos que queremos experimentar amor, pero ¿cómo podremos buscarlo afuera si no nos estamos convirtiendo primero en eso para nosotros mismos?

En la realidad de la verdadera realidad, nunca fuiste una víctima de nadie.
Simplemente fuiste un observador de las consecuencias de tus propias decisiones.
La única etapa de víctima en nuestras vidas es ese momento de inocencia, como almas nuevas en la infancia, cuando aún no tenemos concepto de lo que está bien o está mal.
Pero incluso ahí, hay conciencia en toda criatura con vida.
Hay un momento en el que tenemos que observarnos a nosotros mismos y ver en qué nos hemos convertido o en qué nos estábamos convirtiendo.

Hay momentos de claridad en los que debemos comprender que somos quienes creamos nuestra realidad, y que esto no es una película de un solo personaje.
Todas nuestras decisiones tienen consecuencias: en nosotros, en los demás, en lo demás.
Y aunque existe la posibilidad de ser quienes queramos en esta vida, si quieres caminar como el protagonista sin medir el impacto que tienes en la vida de los otros, entonces deberías cuestionar la posibilidad de elegir un SOLO viaje por este planeta Tierra como individuo.

Porque cualquier involucración con el otro requerirá, de tu parte, responsabilidad emocional.
Porque estás abriendo tu canal de energía para crear conexión con el otro.
Y cada acción que tomas, cada palabra que dices, está creando tu realidad.
Si estás mintiendo, entonces estás creando una realidad basada en esa mentira.

¿Estás comprendiendo ahora?

Me obsesioné por varios meses con tratar de comprender una situación que jamás me perteneció; de entender a unas personas que jamás me representaron, que no tienen absolutamente nada que ver conmigo.
Me obsesioné con entender cómo el amor es algo que también está accesible para las personas que viven siendo inconscientes.
Quise entender una historia de “amor” que jamás, bajo ninguna circunstancia, fue mía.
Pero al mismo tiempo me espejeó mis propias actitudes del pasado, mis propias inseguridades, mis propias faltas; esas veces en que me comporté con verdadera inconsciencia hacia los demás, esas veces en que pensé que me estaba poniendo a mí primero, pero la verdad es que estaba dañando al otro al no ser verdaderamente honesta sobre mis acciones y mis palabras.

Ponerse a uno mismo primero es vital para la mera supervivencia humana;
pero ponerse a uno mismo primero a costa de dañar al otro con nuestras acciones, eso es un verdadero acto de maldad.

Nadie te obligó a ir a su puerta.
Nadie te obligó a mirar al pasado y pensar que podías cambiarlo.
Nadie te obligó a creer en la posibilidad de transformar a una persona que, con acciones y palabras, se ha convertido y decidido ser lo que es.
Nadie te obligó a ir a buscarla.
Nadie te obligó a creer algo diferente a lo que estabas viendo.

Tu cuerpo, en su dolor, te expresaba que eso no era amor.
Tu cuerpo, en su dolor, te decía que lo estaban lastimando.
Tu mente, en su inestabilidad y deseo de control, te pedía que soltaras una vida que jamás fue tuya, una vida que jamás podrás cambiar o controlar.
Tu estrés ya te estaba avisando lo que ese contacto con esa persona te producía.
Tu miedo ya te estaba diciendo que esa persona no era un lugar seguro.
Sus lágrimas, después de lastimarte y mentirte, ya te estaban diciendo que esa persona ni siquiera puede manejar su propia vida.
La edad avanzada —después del punto en que, incluso científicamente, se dice que una persona consolida su personalidad— ya te estaba mostrando lo que esa persona es.

Todo se abrió, incluso en formas exageradas, para que vieras la realidad de lo que esa existencia estaba decidiendo ser con su vida.

Las mujeres siempre tenemos dos versiones viviendo dentro de nosotras.
La primera es la versión inocente de nuestra niña interna y los valores que las personas mayores a nuestro alrededor nos enseñaron.
Está nuestra intuición, que es nuestro instrumento de luz para navegar esta Tierra y ver las diferentes etapas de nuestras vidas al crecer y en lo que estamos convirtiéndonos: esa es la versión del bien.

Luego está la otra versión: la de la oscuridad.
Esa que nos muestra el poder del libertinaje, el poder del sexo frente al género masculino, el poder de la manipulación y la seducción;
el poder de llevar la liberación femenina al mismo extremo del poder masculino;
el poder de avanzar en la vida usando el cuerpo femenino como un instrumento;
el poder de vivir en un estado de vigilancia y control sobre todo lo demás;
el poder de hacer que un hombre haga absolutamente todo lo que queramos para nuestra conveniencia.

Pero una mujer que elige vivir desde ese poder oscuro termina absolutamente rota.
Porque la verdadera feminidad es lo que nos diferencia de la masculinidad:
es la belleza de poder ver la vida con belleza,
es la gracia de cuidar y nutrir nuestros cuerpos para prepararnos para dar vida,
es la elección de un buen hombre que cuide nuestra feminidad y despierte en nosotras el deseo de ser esposas, madres.

Es la belleza de encontrarnos con otras mujeres en su feminidad, de crear amistades con ellas, de compartir el crecimiento de la vida juntas.
Es el deseo de convertirnos en abuelas algún día, en la belleza de sanar nuestro linaje y querer versiones nuestras en el futuro mejor preparadas para la experiencia humana.

El día en que un ser humano disfrute verdaderamente el regalo de la vida será el día en que pueda estar despierto y presente en cada acontecimiento de su vida, en su presente, como un viajero del tiempo entre su pasado y su futuro.
Con la libertad de hacerse consciente de cada suceso, de sus decisiones,
de aceptar el dolor de sus equivocaciones,
de disfrutar el placer y la alegría de cada nueva estación,
de admirar la belleza de cada aprendizaje,
y de sentirse merecedor de todo lo hermoso que este paraíso terrenal —el planeta Tierra— tiene para ofrecernos.

Un hombre también tiene dos versiones dentro de sí mismo:
la inocencia de su primer respirar en la Tierra, el amor de quienes estuvieron cerca, la memoria de sus propias acciones y los momentos en los que fue víctima de su entorno.
Toda esa belleza y esa aventura con las que veía la vida.

Y luego está la otra versión: la del conocimiento de su lugar privilegiado en este mundo,
de su fuerza física masculina,
de su fuerza lógica para pensar con claridad,
de saber que es responsable de sostener a una familia en la sociedad y el sistema en los que se organiza la raza humana.

De saber que puede elegir ser un hombre que camina con la iluminación de Dios en su intuición,
que tiene el poder de crear pureza manteniéndose firme en su palabra, fuerte en su espíritu,
sabiendo que puede reconstruirse una y otra vez siempre que mantenga una actitud elevada.

Enfrentar cada acontecimiento de su vida y las consecuencias de sus decisiones de la forma más cruda: eso es lo que construye el carácter de una persona.

Un hombre no se construye con drogas.
Un hombre no se construye teniendo sexo con muchas mujeres.
Un hombre no se construye con una mujer que lo irrespeta.
Un hombre no construye verdadero carácter utilizando mujeres.
El carácter de un hombre no se construye fumando marihuana pasados los treinta años con una mujer también pasados los treinta.
El carácter de un hombre no se construye tomando esteroides para lucir musculoso.
El carácter de un hombre no se construye siendo infiel ni mirando a escondidas a otra mujer.
El carácter de un verdadero hombre no se construye cuando su familia tiene que preocuparse y estar pendiente de él cuando ya es un adulto.
El carácter de un hombre no se construye yendo a lugares a ver mujeres desnudas bailando.
El carácter de un hombre no se construye metiendo su cuerpo en mujeres que, al mismo tiempo, entran y salen de otros hombres.
El carácter de un hombre no se construye culpando a los demás.
El carácter de un hombre no se construye pensando que merece a una buena mujer cuando él no es un buen hombre.

Un hombre que elige vivir desde esta versión inconsciente se convierte en un hombre absolutamente roto:
financieramente, moralmente, corporalmente, mentalmente, familiarmente, románticamente.

El carácter de un hombre se construye en el trabajo arduo para ganarse las cosas.
El carácter de un hombre se construye al levantarse cada mañana y hacer lo que es correcto.
El carácter de un hombre reside en aprovechar su lógica y ser disciplinado con el hombre que desea convertirse.
El carácter de un hombre se forja en la capacidad de asumir completa responsabilidad por sus acciones y aceptar las consecuencias.

El verdadero carácter de un hombre se construye en la honestidad.
En la capacidad de sostener sus palabras y que éstas tengan coherencia con sus acciones.
El carácter de un hombre se construye entre las lágrimas del dolor y la aceptación de lo que no puede controlar fuera de sí.
El carácter de un hombre se edifica cuando deja ir lo que lo hace sentir irrespetado.

El carácter de un hombre se construye en la capacidad de edificar un hogar, de cuidar y proveer para la mujer que ama, admira y respeta, y que también lo hace sentir respetado, admirado y valorado.
El carácter de un hombre se construye en la manera en que honra a su familia, en cómo los acepta y agradece, reconociendo que ellos hicieron lo mejor que pudieron con lo que tuvieron para darle vida en este planeta.
El carácter de un hombre se forma al domesticar al ser irracional que todos llevamos dentro.
El carácter de un verdadero hombre se construye en el respeto hacia la mujer.
El carácter de un hombre se construye en la conciencia del ejemplo que desea dar a sus hijas y a sus hijos.
El carácter de un hombre se construye en su relación personal con Dios.
El carácter de un hombre se construye en la absoluta responsabilidad de sus decisiones.

Es duro crecer y ver, con ojos de realidad, en qué se convirtieron las personas que alguna vez fueron aquel niño o aquella niña inocente.

Nadie puede salvar a una persona rota; sólo ellos mismos pueden hacerlo.
Nadie tiene la responsabilidad de sacrificar su vida por otro que decidió destruir la suya.
Nadie tiene la obligación de poner en riesgo su propia estabilidad mental por intentar entender por qué el otro eligió un camino de autodestrucción.

No es un error dar una oportunidad para conocer a otro ser humano.
El error —o más bien, la decisión— ocurre cuando, después de ver la realidad de lo que esa persona es, decidimos quedarnos.
Porque en ese momento estamos eligiendo conscientemente al otro.
Y debemos preguntarnos:
¿Es esta una representación de mi realidad?
¿Es esta la vida que quiero para mí?

En mi corazón, hoy por hoy, no hay resentimiento.
No hay odio.
No hay culpables.

En mi corazón hay amor.
Hay conocimiento.
Hay responsabilidad y una apertura inmensa a seguir creciendo en amor, en calma, en aceptación, en belleza, en conocimiento.

En mi corazón están los ojos para ver al otro por lo que verdaderamente es, y no por lo que dice ser.
No somos tontos por dar amor desde la ingenuidad o la inocencia.
Somos tontos por quedarnos entreteniendo lugares y personas que no merecen nuestro amor ni nuestra presencia.

Si logramos, en esta vida, convertirnos en aquello que queremos atraer,
¿por qué habríamos de perder el tiempo en lo que no es una representación de nuestro corazón?

Corro alrededor de todas las esquinas del cuerpo del hombre que baila, moviendo todos sus músculos, agradeciendo la enseñanza, agradeciendo la información.
Bailo extendiendo mis brazos y mis piernas, porque, al final del día, en toda esta experiencia humana compartida, todos nos estamos enseñando y aprendiendo al mismo tiempo.

Por más que queramos aferrarnos a conceptos, a sociedades, a lo bueno o a lo malo, a lo inocente o a lo puro, el verdadero trabajo de la conciencia es crear coherencia entre el mundo interno y el mundo externo.

Y esa es mi mayor meta en esta vida: lograr esa conexión.
Así que, después de cada nuevo aprendizaje, termino arrodillada, agradeciendo por la enseñanza.

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