Nuevo artículo en mi sitio web, mañana.

En uno de mis sueños este año, me sentí de nuevo siendo absolutamente todo y podía percibir mi existencia desde infinitas vistas. Sentí que una luz inmensa venía desde el espacio. Era circular, como el Sol, llena de fuego y poder. Pude sentir que se acercaba a mí y que solo tenía un instante para darme cuenta de que eso destruiría toda mi existencia física.

Luego me di cuenta de quién era y me vi como una forma circular, con tonos azules y verdes predominando en mi forma física. Pude verme desde el exterior y me sentí tan expuesta, flotando en el espacio. Sentí que era la Tierra y, cuando la forma de luz circular me hizo desaparecer, pude percibir cómo todas mis emociones desaparecían también, como si ya no hubiera nada por lo cual preocuparme. Los miedos, las dudas, el dolor: todo eso se había ido. Sentía como si finalmente entrara en una sintonía de verdadera paz permanente. Para mí, esa sensación fue como estar en el cielo, existiendo finalmente en la grandeza y habitando la divinidad.

Quería permanecer ahí, quedarme, pero mi cuerpo humano seguía respirando en mi nueva habitación y tenía que regresar al momento de mi vida.

Si esta experiencia humana es en realidad una escuela para la evolución de la conciencia a través del alma que habita mi forma física, no sabría decir en qué nivel me encuentro, porque cuando he sentido que finalmente tengo cierto grado de comprensión, todo vuelve a desarmarse para ofrecerme una nueva perspectiva. Y desde donde estoy ahora, supongo que es desde aquí desde donde puedo escribir.

Me he visto llena de contradicciones. También me he observado llena de idas y venidas en mi mente, tratando de encontrar una fórmula que funcione en automático en mi mente y de la que pueda confiar y dejarme ir cada día al despertar. Pero la vida no funciona así para los seres humanos.

La vida, desde la percepción de nuestra mente, cuando decidimos cuestionarnos absolutamente todo: las mentiras en la política, las verdades en ella, las mentiras de las religiones y las verdades en ellas, incluso las propias mentiras de nuestra familia y las verdades en ellas. Pero, más importante, cuando nos cuestionamos nuestras propias mentiras y verdades en nosotros.

Estoy encargándome de cada consecuencia de mis decisiones y estoy saliendo del papel de víctima de cada una de esas consecuencias que no fueron las deseadas. Y he sentido que eso también construye mi libertad.

He observado muchos de mis pensamientos estos últimos días, al despertar y en el transcurso del día. Ahora que habito haciéndome absolutamente responsable de mi existencia, desde mi conexión con Dios y la que tengo con mi madre, que me trajo a la vida, me he dado cuenta de que lo que puedo controlar realmente es muy poco o incluso, quizás, nada. De lo que sí estoy segura es de que puedo controlar cómo decido reaccionar a las consecuencias de mis propias decisiones.

Y esto es lo que sucede cuando hay dolor: duele. Me está tratando de dar esa energía para que lo convierta en algo y, en el segundo idioma que hablo, estaba gritando FUCK en la intimidad de mi nueva habitación, porque aún hay mucho dolor en mí que estoy tratando de transmutar a algo extraordinario y bueno. Pero, en el transcurso de las horas que paso en el silencio de mi existencia y del ruido alrededor, no se puede ocultar.

Quise hacerlo distrayéndome en la asfixiante obsesión de enamorarme de otro ser humano y poner mi energía en él. Quise hacerlo mudándome a dos países diferentes y quise hacerlo en una boda a mis veinte años. Quise hacerlo al divorciarme tres años más tarde y, finalmente, enfrentarme y ponerme en un solo viaje.

Pero, a mis 28 años, hasta ahora creo que el dolor que siento es parte de mi propia experiencia humana y que lo único que puedo hacer es atravesarlo en la privacidad de mi silencio. Lo único que puedo hacer es abrazarlo a través de ser paciente conmigo misma; lo que puedo hacer es compartirle amor, buscando que el dolor se convierta en una cicatriz de mi viaje a este mundo.

En los momentos de mi ignorancia, de mi ingenuidad y de mi propia inocencia, convertí eso en valentía para sentirlo todo naturalmente. Así es como atravieso mi vida, y el propósito de esto es alcanzar la dicha de vivir en divinidad.

Y si es algo que puedo lograr en este cuerpo que habito y aquí, en esta Tierra, entonces el dolor es algo que también estoy transformando para llegar a mi más elevada versión, en donde mis conversaciones con Dios suceden naturalmente desde todas las direcciones y vistas, y en donde realmente no hay nada pasándome ni pasando. Simplemente, la vida está existiendo y soy una observadora que también la habita.

En una de las bendiciones, de las muchas bendiciones que recibo cada día y de las que soy parte y estoy agradecida, pude ver que me mirabas desde la conciencia del todo, y lo que se traducía ante la mía era una belleza incontrolable que ninguna sustancia sintética puede dar. Ese elevado high fue lo que presenciaron mis ojos mirando a los tuyos.

Había partes de mis puntos ciegos que trataban de armarte como si fueras piezas de un rompecabezas y, cuando podía ver desde mis puntos ciegos, miraba partes tuyas desde una interpretación mía como mujer, desde mi comprensión del hombre. No había un nombre que pudiera darme ni un lugar de categoría en el que pudiera ponerte, porque me di cuenta de que ni siquiera se trataba de ti o de alguien más realmente, sino de que solo formabas parte de una comprensión más profunda de lo que realmente quiero entender sobre lo que significa el hombre en la experiencia de mi vida, desde su naturaleza humana.

Mi forma femenina reconoce al hombre como protector, como alguien diseñado mentalmente para resolver y encargarse de las necesidades primarias y básicas. Me siento en la presencia de un hombre cuando me siento apoyada, cuando me siento cuidada; cuando, en el silencio de él, en la compresion e incomprensión de todas mis ideas y formas cambiantes, en la hormonalidad de mis cambios, de mis altos y bajos mentales y corporales, él puede permanecer en silencio o debatir ideas desde el respeto y hacerme sentir segura.

Me siento en la presencia de un hombre cuando él cuida de mi imagen por la forma en la que se comporta con los demás al hablar de mí en su vida. Me siento en la presencia de un hombre cuando me hace sentir elegida, valorada y cuidada; cuando él puede tener control de su propia naturaleza humana e ir más allá de ella porque, en la intimidad de su silencio y sin cuestionarse, me elige y elige nuestro hogar, nuestra futura familia. Su mayor placer es la autorrealización de sí mismo para poder sostener, desde su protección, el hogar que construye conmigo.

Y ese hogar no es solo algo físico. Ese hogar también son conversaciones, respeto, nuestros sueños, nuestras metas, nuestros dones, nuestros retos, nuestra imperfeccion humana, nuestros intereses, nuestro dolor individual, nuestras decisiones de por qué y desde dónde nos elegimos cada día, nuestras conversaciones sobre nuestra mortalidad y nuestra espiritualidad, y de un mas alla del cual no tenemos certeza pero podemos sentir, nuestro apoyo mutuo y su confianza en mí, en mi intuición, en mi amor y en las formas en las que mi feminidad se desarrolla y se siente segura de seguir creciendo en medio de su abrazo.

Me siento en la presencia de un hombre cuando sus pensamientos e intenciones a la hora de estar dentro de mi cuerpo me hacen sentir sostenida, y su fuerza es una energía que los dos transformamos al hacer que nuestro amor suceda en la conexión de nuestros cuerpos y la conexión de nuestros espíritus.

Me siento en la presencia de un hombre cuando ninguna nueva ideología o cultura del mundo moderno amenaza nuestros roles, ya que nuestro reconocimiento mutuo nace desde nuestra propia naturaleza humana y de nuestra decisión de elegirnos y amarnos desde la lealtad y el respeto, compartiendo todos los valores que, como individuos, hemos cultivado en el propio cuestionamiento de nuestra humanidad y existencia.

Y es ahí donde nos hemos elegido para compartir la vida desde una perspectiva que no pierde individualidad, pero que tampoco se esconde, sino que se comparte con una honestidad brutal y en la comunidacion enmedio del constante desarrollo y crecimiento y cmabios y transformaciones de nuestras versiones nuevas y el aprendizaje de las anteriores en la construcción de la vida juntos.

Cuando la responsabilidad de mi propia existencia se hace presente, también contribuye a mi libertad el sentimiento de saber que no soy responsable de las decisiones y las consecuencias de la vida de los demás. Quizá el único sentimiento de responsabilidad sobre una vida ajena me llegue cuando Dios me dé el regalo de convertirme en mamá con la persona que Dios decida que está destinada a compartir conmigo ese propósito.

Pero, de lo contrario, en el ahora no puedo seguir invirtiendo mi energía en salvar a alguien que no se ama a sí mismo, que no toma responsabilidad de sus propias decisiones, que actúa como un niño resentido y fuera de control porque el mundo no hace lo que él quiere como él quiere.

Se debe llegar a alcanzar cierta madurez en la vida de un adulto para tener conciencia de que el único responsable de la vida misma que uno habita es uno mismo; que nuestros padres hicieron lo que decidieron hacer para sostenernos vivos hasta cierta edad y que, cuando el pensamiento por nosotros mismos despertó en nuestra mente, fue ahí donde también empezó la responsabilidad.

Puedo entender mi culpabilidad en mis propias reacciones al mundo en el pasado, en mi expresión ante el dolor y la injusticia que he presenciado, y en mi obsesión, hasta cierto punto, por controlar y querer cambiar al otro porque he sentido que sé lo que debe hacer para estar bien. Pero, honestamente, esa no es mi responsabilidad.

Culpable he sido, en mi propia inconsciencia, de querer controlar al otro, y he pagado las consecuencias, que me han roto. He tenido la opción de quedarme ahí, rota, enojada y culpando al otro, pero he tenido que levantarme, seguir haciéndome responsable y continuar adelante, confiando en que actuaré de una forma más consciente.

También he tenido que desarrollar mi libertad al soltar y dejar las cosas que no puedo controlar en manos de Dios: en mi salvaje mente, con pensamientos negativos y patrones incontrolables de señales innecesarias de alerta; en mi propia vigilia de la mortalidad; en toda memoria de mi pasado; en todo deseo de lo que quiero experimentar en el futuro; y en toda conciencia desde la que estoy ahora, tratando de estar en el momento presente.

¿Realmente vale la pena querer controlar la vida de alguien más cuando estoy tratando de controlar y hacerme responsable de la mía cada día?

Dibujo de una espiral simple en un fondo blanco.

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