
Me quedo quieta en silencio, tratando de fotografiarme con la memoria de mi mente en el presente. Observo la fragilidad de mi existencia y la energía ilimitada de mi alma por comerse la vida entera y aprovechar cada milésima de segundo de lo que le llamamos tiempo. Hace mucho tiempo que no me sentía así, y hoy solo puedo reconocerme con una verdadera y auténtica hermosa existencia.
Pienso que cada ser humano valiente, que vive desde la voz de su alma, con esa apreciación a la interconectividad de los demás sucesos que nos hacen andar por este mundo, es una criatura sagrada. Siempre confío y pido a Dios encontrarme con estos seres humanos.

Es imposible callar a la mente y mantenerla en un silencio absoluto, pero cuando tomamos el lugar de poder comprender que somos los protagonistas de la historia de nuestra vida, podemos, de forma sutil, tener un ligero aliento en donde, de manera esporádica, podemos contemplar el sonido y la forma de nuestra propia existencia. Es en ese momento cuando una divina luz desciende desde lo alto y atraviesa todo mi ser, iluminándolo es como si Dios mismo me mirara a los ojos.
En el silencio, en la calma y con confianza en mí misma, me dedico a construir recuerdos de diferentes momentos en el tiempo. Así puedo tener una visión amplia que observo con claridad y en la cual puedo sumergirme. En ese espacio, experimento una paz tan profunda que parece que haberla conquistado por completo, sin preocupaciones de que algo la perturbe.

Respiro profundamente, buscando recordar el aroma de las distintas presencias masculinas que han capturado mi atención hasta ahora. Intento descubrir cuál de esas caras mostró calma en su mirada. Una tímida y pausada sonrisa se dibuja en mi rostro, porque una vez más me he encontrado a mí misma, aceptando con fervor y emoción el anhelo de compartir una eternidad de amor desde la pureza del alma con un hombre del que realmente pueda enamorarme y entregarme sin temores. Deseo que él también pueda hacerlo, que me vea como yo me veo a mí misma y que pueda percibirlo tal como es en su esencia verdadera. Desde la aceptación de si mimo y con un sólido amor hacia su vida, y a la vida.

No sé cuánto camino me queda por recorrer a nivel personal, pero no puedo evitar recordar esos momentos en los que he sido uno con otra persona, y cómo el tiempo ha capturado esas instantáneas, convirtiéndolas en auténticas obras de arte que puedo apreciar al cerrar los ojos. Mi vida se siente como un museo repleto de colecciones de tesoros invaluables, incluso aquellos que he tenido que descubrir en medio del caos, la confusión, la inconformidad, la rabia, la injusticia, la incomprensión y algunos de los episodios de la vida que carecen de sentido.
Sin embargo, siempre he logrado extraer una importante lección, un aprendizaje valioso y una belleza preciada al final de cada experiencia. Estos se suman a las piezas que conforman el museo de mis preciados recuerdos.

Hoy quedé atrapada en una de las exhibiciones permanentes, en una sala que alberga piezas notables en preciosos tonos amarillos vangoghneanos creadas a principios de los 20s de mis veinte. Ahí aprecio tu belleza y tu fuerza, reflejadas en una sonrisa sabia y en una apertura hacia lo que llamarías el nuevo mundo. En esos momentos, te encontré explorando tierras que no pertenecían a tu embarcación, pero desde mi perspectiva, tus tierras siguen siendo consideradas el nuevo mundo.
Me abrazaste con fuerza, capturando mi existencia en tan solo segundos, manteniéndome cerca de tu cuerpo y demostrando una conexión profunda en un espectáculo de divinidad en movimiento. Sostenidos entre los espacios de la habitación, parecía que estábamos bailando juntos sin la presencia del tiempo. Aunque quizás a los ojos de los demás parecía carecer de coherencia, yo solo estaba siguiendo a mi corazón.
Me pregunto si también lo recuerdas, si también lo guardas en alguno de los rincones de tu memoria. No lo sé. Estamos juntos, existiendo en esas fotografías de los recuerdos, y desde allí te sigo mirando a los ojos y continúo bailando contigo. Tanto que todos los demás desaparecen en la sala, y solo quedamos tú y yo, y esta habitación que se convierte en nuestro templo, en un testimonio poderoso de nuestra unión. Es tan intenso que parece como si el mundo entero desapareciera, y es precisamente eso lo que anhelo. Me doy cuenta de que merezco una experiencia de vida auténtica, en la que pueda sentir incluso la brisa más suave acariciando los delicados cabellos de mis brazos, y permitir que la brisa más salvaje asalte mi corazón y lo haga vibrar y resonar, creando una luz que se encienda y sea visible desde el universo. ¿Dónde estás en este momento?

Después de tantas lecturas, decisiones y enfrentamientos hasta ahora, hay una parte de mí que busca el amor y que anhela la iluminación completa y vivir desde esa sintonía no puede evitar de buscar el amor y conquistarlo. Deseo experimentar el amor en su plenitud y vivir desde esa conexión profunda.

Puedo ser consciente de las formas en las que dirijo mi vida, sintiéndome como una persona sofisticada que dirige una orquesta, creando un sonido auténtico e inolvidable. Sin embargo, cuando el amanecer trae consigo el alba, desconozco lo que el mundo externo depara, y cuando el ocaso oscurece la luz, no sé qué persona despertará al día siguiente, ni en qué me habré convertido. Solo deseo seguir transformándome en lo que quiero ser, o incluso algo mejor, sin perder nunca la guía y el resguardo de la luz que observa y cuida de mí, mientras avanzo por estos caminos.

Comparto una de las frases que me susurraron en uno de mis sueños recientes: «Herido está el jaguar, pero sigue avanzando en la jungla, en la dirección correcta de su propio camino hacia su destino. Continúa avanzando».

