La Odisea de Mi viaje contigo

El barco zarpó un 30 de noviembre de 2024. Las nuevas tierras que pretendían encontrar el capitán y su embarcación eran guiadas por un instinto que podía traspasar el lente de la realidad en donde se encontraban. Pero, contra todo pronóstico, incluso divisando a lo lejos los relámpagos y la inestabilidad de las aguas, mi tripulación y yo zarpamos aquella noche. El frío empezaba a congelar los huesos, y los climas tropicales de donde provenía cada vez se sentían más lejos. Pensé en todos los sonidos de las aves, en los colores tan auténticos de las aguas y en las arenas tan blancas de las playas. Recordé también la lengua en la que solía comunicarme en esas tierras y lo fácil que era transitarla, casi por puro instinto y sin pensarlo mucho. Pero también recordé cuando aquel deseo de conocerme a mí misma a través del mundo había aparecido por primera vez y cómo esa promesa divina era algo que no podía ignorar y que tenía que cumplir.

Entonces, pensé esa noche en mis expediciones pasadas y en todo lo que había aprendido hasta ahora. Empecé a estudiar el mapa y llamé a los hombres más capacitados de mi tripulación para que se sentaran en mi oficina y pudiéramos entender juntos el mapa de nuestra navegación.

Empecé con un mensaje un poco desalentador, diciéndoles que estas eran aguas nada parecidas a las que hubiera sido consciente de navegar antes, pero que confiaba en ellos y en mi disposición de querer conocer esas tierras y unir mi conocimiento de las anteriores exploradas para, junto a esas nuevas tierras, ver la posibilidad de que nuestra expedición del mundo pudiera asentarse allí y echar raíces. Sabía que mi tripulación estaba agotada, pero también confiaba en que creían que, por primera vez después de dos años de navegación en solitario sin poder ver una tierra a la vista, esta era una corazonada por la que debían apostar.

Los primeros días de nuestra navegación, las aguas, que parecían turbias, inestables y un poco convencederas, empezaron a despegarse. El cielo dejaba de ser un blanco grisáceo y, poco a poco, se tornaba de un azul pálido. Salí a la cubierta una mañana para respirar un poco del aire fresco con sabor a sal y mojado. Mi tripulación me sonreía, y esta era una sonrisa calmada, con una esperanza que se sentía bendita. Esa tarde pude empezar a imaginar las profundidades del cielo y del océano y, aunque había una sensación de incertidumbre por lo que contenía en su profundidad y qué tanto efecto podría tener lo externo, una sensación de belleza inundó mi corazón y pude ver la belleza junta en todas sus tonalidades. El océano de mi propia existencia salió de una forma espiritual y quiso abrazar a este otro océano con una fuerza brutal, tanto que la expansión de este sentimiento sintió que ambos océanos, el mío y este externo, podrían tomar la decisión de pertenecer incluso antes de darle al tiempo el espacio para que esta unión encontrara la tierra y la calma y materializar este sentimiento.

Una noche en donde todo parecía en calma, salí de nuevo a la cubierta después de dejar a cargo al timonel del barco. Esa noche, el cielo estaba despejado y de un azul tan profundo que, por primera vez, sentí que hacía el amor con ese océano. Sentí la calma de su respiración y la agitación de su corazón en una dinámica tan balanceada que cada parte de su movimiento en mi existencia se sintió tan profunda y tan hermosa que, de forma natural, mis aguas se entregaron a las suyas. Y fue la primera vez que me sentí uno con ese océano. Fue como si hubiera regresado de forma natural a mí mismo después de navegar sin dirección del corazón y solo con la mente por dos años. Esa noche me fui a dormir de una manera tan profunda y abrazada del océano que cualquier infortunio, dureza, confusión e incertidumbre se hubieran desaparecido y pudiera volver a respirar en una respiración compartida que se empezaba a sentir como casa.

Después de casi un mes navegando en sus mares, empecé desesperadamente a asegurar toda mi embarcación para prepararme para el proceso de fondeo. Llamé a la tripulación para una breve reunión y los puse a trabajar en limpiar la cubierta, sus camarotes y hasta el más mínimo detalle que estuviera pendiente. Quería prepararlos para esa nueva realidad y pude verlos trabajar de una forma tan enfocada y tan presente que me inspiraron más de lo que ellos se podían imaginar. El océano y yo nos preparábamos para hacer física esa unión y reproducirnos en las nuevas tierras que pensé que encontraría.

Desperté la mañana de uno de esos días de mi navegación y empecé a ver cómo una llovizna tranquila pero preocupante amenazaba la estabilidad del tiempo. Traté de ser positivo y confiar en que solo se trataba de algo sin importancia, pero no dejé en el fondo de preocuparme. Al mediodía pensé que era conveniente hablar con el océano y el cielo, y en modo de práctica empecé a hablar de las profundidades de mi propio océano, primero con la idea de que este otro océano me conociera desde todas las direcciones pasadas hasta mi actualidad ahora. Le hablé de las tierras en donde nací, le hablé de los desafíos que enfrenté desde mi nacimiento, como si hubiera tenido que probarle a la vida que la merecía vivir desde la propia y temprana era de mi inocencia. Le hablé de ese momento en donde nació mi deseo de navegar los mares de la vida desde una honestidad brutal, y desde una valentía de la que tuve que convencerme que tenía, aun sin tenerla, para poder salir de esas tierras para conocer las otras. Le hablé de algunos oscuros y profundos huracanes que en solitario enfrenté y de que hubo días de tanta perdición y contradicción que mi tripulación tuvo que salvarme para que no me aventara por la cubierta. Le hablé también de algunas de mis inseguridades y de mis miedos a que quizás esas tierras que ahora quería encontrar en el movimiento de sus aguas quizás no existieran. Le dije que había días en los que me quería rendir y mejor regresar a lo que por mí mismo ya había encontrado porque no confiaba en su poca expresión de sus profundidades para poder entenderlo y conocer la manera en la que existía. Le pedí paciencia y apertura porque si era en sus tierras en donde me quedaría, necesitaba conocer cada rincón, cada forma, cada piedra, cada árbol de su vegetación, cada parte de su fauna y de su flora para saber cómo reaccionar con confianza cuando la imperfección de mi existencia en constante evolución presentara fallas y amenazara con irse. Que necesitaba contarle quién era yo para que supiera cómo tratarme en esos momentos de pánico, que no serían para siempre, pero que quizás pudieran pasar algunas veces en el nuevo conocimiento de sus tierras. Pero que prefería ser brutalmente honesto para que la realidad que pretendíamos construir fuera nuestra, auténtica y verdadera, y que se lo pedía a él también.

Ese mediodía el océano habló con calma y pretendió entender lo que mi alma sacaba en palabras desde mi cerebro humano. No sé si era el idioma nuevo en el que hablaba lo que causó confusión en mi comunicación o mi poco conocimiento de esta lengua en sus profundidades, pero decidí confiar en que quizás me estaba comunicando con su alma y no con la limitación del raciocinio del lugar en donde elige existir. El océano habló conmigo y dijo que en los últimos 28 años de la contabilidad de su tiempo jamás había conocido a un capitán que sintiera amarlo. Dijo estar convencido de que su unión era algo sagrado y que se comprometía en que la dirección en la que juntos navegaban era la correcta, y yo pensé que sin importar los huracanes que se presentaran y las inestabilidades del tiempo, el amor que decía sentir por mí pasaría cualquier prueba. Que al igual que yo, estaba siendo honesto y que al igual que yo, también podía verme sin la ilusión del inexistente tiempo. Que podría ver todo lo que tuve que pasar desde mi propia embarcación para llegar a sus tierras. Estuvimos hablando hasta el atardecer y nos abrazamos de una forma tan apretada que la llovizna se convirtió en un radiante sol lleno de posibilidades.

Bajo la amenaza constante de que el océano hundiera mi embarcación con toda mi tripulación y mis bitácoras de viaje, empecé a enfocarme en las caras que el océano me mostraba. Una de las mañanas de esos tres meses, antes de que la tripulación se despertara, empecé a ver las arenas más blancas que jamás antes había visto. Empecé a ver un verde de un color que jamás había visto. Empecé a ver una sonrisa inocente y juguetona. Empecé a sentir unos abrazos tan profundos y unos besos que quedaban alineados a mis gruesos labios. Sentí unas ganas del océano de rendirse a mí y asegurar que fuéramos uno, que por una invisibilidad del tiempo pensé gritar: «¡Tierra a la vista!» Esa mañana, las aguas se elevaron hacia arriba y sacudieron toda la embarcación, la inundaron de felicidad cuando el amar viajó hasta uno de los lugares en donde pude por primera vez ver la existencia de mi alma. Pensé: el océano también quiere conocer mi océano, y fui corriendo casi a la medianoche a ver su forma física viajar hacia ese momento conmigo. El océano dijo que sentía que no sabía si eso que estaba pasando era real porque se sentía irreal, y pensé: bienvenido a mis aguas, así es como naturalmente siento la vida, y por eso la estoy viviendo al extremo, como aprendiz del orden y la estructura de mi mente, tratando de hacer una sincronización natural que se sienta con este mundo en donde existo. Quizás no te lo comuniqué en palabras, pero traté de decírselo a tu alma.

Después de ese viaje al que te uniste y nos escapamos de las normas, la contabilidad del tiempo y de todo lo que quisiera buscar razonar lo que se estaba sintiendo, regresamos juntos a respirar la vida. Y quisiste empezar a enseñarme un poco de tus profundidades, o al menos eso es lo que yo pensaba. Había mucha confusión en eso que querías mostrarme. Para mí, era como si las palabras de lo que tratabas de describir no tuvieran una alineación con lo que estaba pasando. Incluso en momentos claves en donde la honestidad era esencial, empezaste a buscar cambiar las cosas de lugar y expresarlas desde detalles y explicaciones que no tenían sentido. Eso empezó a insultar a mi intuición, y fue ahí cuando toda la oscuridad que decías haber empezado a transformar y a controlar, bajo la influencia de herramientas que dijiste haber encontrado y que te ayudaban, empezaron a sonar como canto de sirenas que ya no podías seguir pretendiendo por mucho tiempo. Porque esas voces parecían provenir de criaturas engañosas y malignas. Cayó por ese viaje en donde la representación de la deshonestidad surgió y tuve que convivir con una de tus mentiras. Tuve que ocultar mi sabiduría, toda mi intuición, esos días para no poner en evidencia todo lo que no podías ocultar.

Me despedí con un «hasta pronto» antes de que regresaras al movimiento de tus propias olas, y en esos momentos empecé a cuestionarme y a revisar todo el mapa que estaba conociendo hasta ahora de tus tierras. Pensé en las rutas de escape que traté de tomar incluso antes de navegar tus tierras y en la incertidumbre de esos primeros avistamientos en donde tuve que confiar. Me cuestioné sobre hasta qué punto conocías el significado del verbo «amar» y me cuestioné sobre la paciencia y la apertura que podrías llegar a tener para el sondeo de mi barco cuando culminara su llegada y finalmente terminara esa primera etapa de nuestra relación.

Quise comunicar mis inquietudes, realicé las mismas preguntas de diferentes formas para que pudieras contestar con la verdad, ¿ cual siempre fueron tus verdaderas intenciones?, y al principio fue como tocar una puerta infinita que no se abría. Toqué, toqué, toqué, y no había respuestas, solo balbuceabas palabras que no entendías. Salí corriendo a gritar a todo pulmón a la tripulación que algo se avecinaba y que teníamos que estar preparados para no morir. El océano tuyo, en donde pensé que podría empezar a navegar tranquilo porque estarías dispuesto a enseñármelo con paciencia, a mis propias inseguridades y ganas de rendirme, empezó a agitarse y mi embarcación se movía de lado a lado. La desesperación y la incertidumbre empezaron a azotar mi alma, el miedo a haberme equivocado al darme la oportunidad de navegar tus mares me empezó a perforar cada agujero de mi piel tan seca que estaba teniendo en ese momento. Regresaste en tu forma física con una dureza que era como si la puerta siguiera cerrada pero gritabas desde adentro. Dijiste que no querías seguir con esta navegación, que pensé habíamos acordado enfrentar juntos. Dijiste incluso que era mejor que buscara otro océano y otro sol. Dijiste que no me rindiera, y mientras decías todo esto, mi corazón ardía en llamas de dolor y el sol de ese atardecer se escondía. Podía observarlo a la distancia, por miedo, desde la ventana que atravesaba nuestra comunicación.

Recordé cuando te dije que te amaba por primera vez y, aun con toda la amargura, coraje, desesperación e incertidumbre, te ofrecí que, sin importar cuántos intentos nos tomara llegar a tus tierras y que tú te unieras a las mías, quería hacerlo. Porque al sentir mi corazón arder de dolor, sabía que eso también era una reacción de mi cuerpo que me comunicaba que quería amarte de verdad, que quería seguir navegando incluso si me tocaba ver hasta la parte más oscura de tu océano, porque sabía que todo eso era también parte de lo que ante mis ojos te hacía tan hermoso.

No hubo reacción de tu parte, no la hubo. ¿Cómo puedes decir que sentiste amor por mi embarcación y la existencia que hace suceder mi vida, cuando pudiste marcharte de esa manera? ¿Cómo pudiste haber dicho todas esas palabras que nunca te pedí que dijeras, sí que al menos demostraras que era verdad lo que decías? ¿Cómo pudiste haber cerrado la puerta a quien estaba dispuesto a amarte y a ser uno contigo a pesar de las inseguridades y de la imperfección humana? El amor, el verdadero que conozco, es uno que no se rinde, que se la juega y que se entrega. Pero parece que no conozco ese amor en donde dijiste que me amabas.

Ni todas las riquezas que celosamente empiezas a acumular en tu océano podrían jamás compararse a la riqueza de la disposición de alguien de querer verte más allá de la propia limitación de la existencia humana, de querer entregarse a ser uno contigo más allá de la muerte y su incertidumbre, porque cuando dije que te amaba, lo dije desde esa dirección.

Cuando te fuiste esa tarde de nuestra embarcación, del océano que empezamos a compartir, mi alma empezaba a desconocer a mi cuerpo humano, y en esas tempranas horas toda la sustancia que materializa mi vida empezó a no querer ser aceptada. No comí las primeras 48 horas, y mi cuerpo empezó a buscar los suministros de grasa y glucosa para poder seguir funcionando en lo que regresaban mis ganas de vivir. No podía concentrarme, me sentía mareado, sin energía, mi cuerpo entró en modo de reserva, mis labios empezaron a dar señales de deshidratación, la serotonina empezó a correr descarrilada sin poder darme las dosis necesarias para saber que, por lo menos, sobreviviría.

Divisé a lo lejos un montón de embarcaciones viniendo para ayudarme, embarcaciones provenientes de Medio Oriente, Canadá, México, Honduras, España, e incluso nuevas. Me levantaron con sus palabras, me recordaron quién soy, de dónde provengo y todo lo que he navegado hasta ahora. Mi tripulación y yo nos movimos a sus embarcaciones en lo que iniciamos el proceso de volver a restablecer las nuestras. Y esas primeras noches mi cuerpo se sacudía en la cama y mi alma estaba inquieta en el universo. No sabía que abrir mi corazón a lo desconocido me iba a doler tan fuerte, pero también fue un recordatorio de todas las bellezas de mi océano, de todos los contrastes de lo aprendido hasta ahora y lo que sigue en proceso de esclarecerse. Fue un recordatorio de todo el amor que yo soy y de cómo mi entrega a esa tierra que pensé ver a la vista, aunque con la dureza de la incertidumbre, estaba sucediendo de forma real, pura y natural de mi parte.

Y en lo que se recupera mi embarcación y mi tripulación, mis ojos siguen viendo con esperanza al cielo, a esas tierras y a esos sueños desde ese verdadero lugar en donde provengo, que me dio forma física de nacer aquí en la tierra.

Sé que te gusta leer fantasía, pero esto no lo es. La vida y su verdadero significado siempre están tratando de golpear la puerta, con la esperanza de que un día la abras y dejes atravesar a toda esa vida que sé que quieres verdaderamente sentir y vivir.

Te amo.

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